viernes, 3 de marzo de 2017

DEL SUJETO HIPERMODERNO, DE LAS CIENCIAS HUMANAS Y DEL ATARDECER DEL HUMANISMO MODERNO OCCIDENTAL Por Fernando Cruz Kronfly. Vientoazul, febrero 26 de 2017

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Publica y difunde: NTC …Nos Topamos Con 
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¿El fin del humanismo?

Por Fernando Duque
Texto leído por el autor al iniciar y presentar, como moderador, 
el conversatorio  ¿El fin del humanismo?
en el cual participaron como panelistas William Ospina y Fernando Cruz Kronfly.
Biblioteca Departamental, Cali, Febrero 28, 2017
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NTC ... agradece al autor el aporte de su texto
y la autorización para publicarlo y difundirlo. 

En 1950 –hace 67 años– Ray Bradbury publicó en el libro El hombre ilustrado, un cuento llamado La pradera donde  palabras más, palabras menos, cuenta que una familia vive en una casa totalmente automatizada, llena de máquinas  y dispositivos que hacen de todo, desde cocinar hasta vestirlos, mecerlos y hacerlos dormir. Los dos hijos, Peter y Wendy, tienen además una sala de realidad virtual que es capaz de conectarse telepáticamente con los niños y  reproducir cualquier lugar que ellos imaginen.

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DEL SUJETO HIPERMODERNO,
DE LAS CIENCIAS HUMANAS Y
DEL ATARDECER DEL HUMANISMO MODERNO OCCIDENTAL

Fernando Cruz Kronfly

Profesor de la Universidad del Valle
Doctor Honoris Causa en Literatura

Texto completo de la exposición ofrecida en la Biblioteca Departamental de Cali, en la noche del 28 de febrero de 2017, durante el conversatorio con William Ospina. Por lo extenso del texto, su autor solo leyó aproximadamente el cincuenta por ciento.

NTC ... agradece al autor el generoso aporte del texto
 y su autorización para publicarlo.


Los humanismos modernos occidentales han muerto. No consiguieron sobrevivir a la crisis de lo moderno que se expresa y advierte en la subjetividad contemporánea hipermoderna. Mucho menos pudieron sobrevivir al empuje de las ciencias humanas que se ocupan de la compleja y desgarrada especificidad humana, jamás de su imaginaria grandeza en bancarrota. Por el contrario, las ciencias humanas exploran los límites, perturbaciones y peligros que ofrece el animal humano ante sí mismo y ante la constelación de las demás especies vivas. Pero los humanismos no son las humanidades, como la literatura y la filosofía, ni las ciencias humanas como la antropología, las psicologías, la lingüística y demás ciencias que exploran la condición humana. Las humanidades y las ciencias humanas siguen vivas, así en muchas universidades las derechas políticas e ideologías “eficientistas” quieran extinguirlas.

He dicho, en plural, humanismos modernos occidentales. Para empezar, el humanismo literario, artístico y estético se extingue, entendido como exaltación de lo clásico greco-latino que se impuso como modelo de referencia y perfección. Ha muerto también el humanismo filosófico, en cuanto construyó sus presupuestos a partir de la superior dignidad humana y su delirio de grandeza, tomando como punto de partida la hegemonía de la Razón e instaurando durante siglos una concepción del mundo excesivamente antropocéntrica.

Si bien el humanismo occidental post-renacentista puede ser acusado de desmedido antropocentrismo, este no es su problema principal, mucho menos el decisivo.  Pues tal acusación podría extenderse también a otras culturas diferentes de las occidentales modernas, en las cuales el antropocentrismo y el antropomorfismo, cuando no se expresan directamente en la concepción de lo humano, se desvían hacia la manera como se conciben los dioses y el mundo alrededor, mediante un proceso de proyección psíquica según el cual a los espíritus, a los dioses y a la misma naturaleza se les atribuyen rasgos humanos, como ocurre con el animismo. Es bien sabido que en algunas culturas las cosas tienen alma, los espíritus se enojan y los dioses “trabajan”, Y que, al hacerlo, los dioses “crean” el mundo y se fatigan, pero se cuidan de atribuirse a sí mismos autoridad y poder con el fin de intervenir en lo creado como les viene en gana, a modo de calco y espejo de los soberanos reales arbitrarios y crueles, a quienes sin embargo los seres humanos ruegan protección, compañía y beneficios mientras les temen y los colman de zalamerías.

Ahora bien, la crisis de lo moderno no es sólo la tierra del fin de las utopías y la caída de los grandes relatos, sino también la tierra que produjo el brotar de un nuevo tipo de subjetividad refractaria a todas las formas del humanismo e incluso de las humanidades. Allí soplan vientos iletrados y la banalidad de la cual hace ostentación termina por precipitar el atardecer de la cultura literaria y la estética clásicas. No hay humanismo literario que pueda sobrevivir al sujeto hipermoderno, banal y desapegado de toda tradición.

La ruta de la modernidad occidental desembocó en la consolidación y, en nuestro tiempo, en la exacerbación del principio de individuación y en la autonomía y autarquía sin límite del sujeto. Brotó así un mundo psíquico ensimismado en el que se instaló a vivir el sujeto contemporáneo. La subjetividad de nuestro tiempo ha devenido en extremo individualista, egocéntrica y narcisista. Esta subjetividad no brotó en la cultura occidental contemporánea de manera  espontánea, sino que fue inducida por la fábrica de formatear las mentes de manera deliberada e intencional.

Ahora, el centro de la preocupación no es el Hombre ni mucho menos la humanidad en términos genéricos, sino el Yo. Todos andan buscando su Yo. Este culto al Yo implica y favorece la desconexión radical del sujeto de nuestro tiempo con la tradición humanista, que se tornó pesada, inútil y estorbosa. El receptor de dicha tradición ya no es el ser humano, que al entrar en contacto con ella se ilustraría, crecería y se convertiría en un mejor hombre, sino el museo y las grandes bibliotecas, cementerios donde van las culturas y las tradiciones muertas. Los sujetos hipermodernos contemporáneos son incapaces de preguntarse por el Hombre o por la Humanidad, preguntas fundamentales para la modernidad occidental posterior al renacimiento y hasta comienzos del Siglo XX.  Andan, por el contrario, buscando “la verdad” de su Yo donde no está, salvo en el diario e intenso goce de la vida.

Fotografías: Facebook de Lizardo Carvajal

Por otra parte, los “constructos” ideológico-filosóficos que durante siglos dieron fundamento al humanismo como teoría sobre la grandeza humana, empezaron a quebrarse como porcelana a partir del nacimiento y  maduración de las ciencias que se ocupan de la especificidad humana.

El golpazo asestado por Darwin al antropocentrismo desde la antropología, tanto como al delirio de grandeza de una especie que se suponía única y honrosamente desenraizada de la naturaleza, fue demoledor. A partir de Darwin, la diferencia entre el hombre y los primates dejó de ser esencial, para convertirse apenas en una diferencia de grado. Humboldt, por su parte, construyó el concepto de naturaleza como un todo, del que los seres humanos hacemos parte junto con el resto de las especies animales y vegetales. La naturaleza se convirtió en sistema. Y la inteligencia pasó a ser un don esparcido por todo el tejido de la naturaleza en su conjunto. La Razón, en cuanto atributo exclusivo y único de la especie humana quedó en entredicho. Hizo crisis el racionalismo. La crítica a la hegemonía y dictadura de la Razón se convirtió en moda en los círculos intelectuales. Sin embargo, a pesar de la razonable crítica contemporánea en contra de los abusos de la Razón, el trabajo de Darwin y de Humboldt provino del estricto uso de la razón crítica.

Es necesario, pero además legítimo porque existen motivos poderosos, criticar el Racionalismo y los abusos cometidos en uso de la razón. Auschwitz es un aterrador ejemplo, entre muchos otros, de la racionalidad y eficacia de los medios macabros utilizados para el logro de los fines utópicos nazis. El exterminio humano y del planeta a lo largo de la historia, son producto del uso de la razón. La razón lo permite todo, está detrás de lo mejor y lo peor. Ahora, a diferencia  de los tiempos del humanismo filosófico, gracias al uso de la razón analítica y crítica, las cosas pueden verse de otro modo.

Aquí la ambivalencia deviene absoluta, por cuanto el uso de la razón crítica es casi lo único que nos queda. Las más feroces críticas contra la Razón, se han logrado justamente en uso de la razón. La demolición de los fundamentos antropocéntricos y racionalistas del humanismo filosófico son producto del uso de la razón.

Es preciso cuidarse de la razón puesta al servicio de la matanza y la depredación. Dicho de otro modo, al servicio de la pulsión psíquica de muerte y destructividad. La razón humana es tierra de nadie. Opera como dispositivo mental encargado de seleccionar y elegir los medios idóneos para el logro de ciertos fines, fueren los que fueren, y ambas cosas hacen parte de la agenda oculta de la especie humana, entendida como la única especie fragmentada,  perturbada y por fuera de las leyes del instinto que la evolución engendró. Si alguna especificad acompaña a la especie humana, no es su grandeza sino su peligro y perturbación.

Me ocuparé entonces de los fundamentos del humanismo filosófico. Se postula desde allí que el comportamiento humano está centrado en la Razón. Esto haría del ser humano un ser único, por fuera y por encima  de todo lo existente. Dicha superioridad lo habilita, lo autoriza y legitima para intervenir sobre el mundo a su antojo y dominarlo. Descartes está en el centro de este presupuesto. Principalmente a él debemos la orden de tomarnos por nosotros mismos el mundo y transformarlo, reduciendo en esta empresa hasta donde fuese posible la intervención de las fuerzas extra-mundanas.  De los anteriores supuestos deriva el axioma central, eje de la modernidad occidental, que si bien venía de lejos, al reinscribirse en el contexto secular renacentista, aupado por el comercio, hizo que el tiempo histórico fuese concebido definitivamente como lineal ascendente progresivo, acumulativo y de constante perfeccionamiento humano, material y moral. Un tiempo capaz de conducir a la humanidad hacia una salida de felicidad, emancipación y plenitud. Lo anterior, constituye el corazón de la idea de progreso material y moral de la humanidad, esencial como soporte ideológico legitimador de la modernidad occidental post-renacentista, hasta comienzos del Siglo XX. Pero, esta idea de progreso material y moral de la humanidad, según Robert Nisbet, en el mundo contemporáneo se vino al suelo.

La idea de progreso material de la humanidad, supuso que  la acumulación económica, la ciencia y la técnica progresivas, eran  los medios por los cuales los seres humanos habrían de viajar, ascendentemente, rumbo a una salida final de emancipación y plenitud. Es posible ver aquí la transposición, a la idea de progreso material, de la escalera bíblica que lleva al cielo. Esta resignificación laica de la escalera que permite ir al cielo no es cualquier cosa secundaria, puesto que es la imagen laica legitimadora central de la modernidad.

Despojar a la idea de progreso material de este componente finalista, no solo equivale a falsearla sino a mutilarla de su extraordinaria potencia legitimadora de la modernidad occidental en su conjunto y del capitalismo en particular, como proyecto histórico mesiánico  “salvador”. Hoy, este imaginario ha devenido en basura ideológica.

Nadie puede desconocer el avance real y objetivo de la ciencia, de los instrumentos y la técnica. Nadie puede ignorar que esto trae salud, comodidad y confort. Sin embargo, este no es el problema. Porque así mismo nadie puede negar que el mundo desarrollado de hoy en occidente y sus filiales, habitado por sujetos ahítos de salud y de vacunas, alimentos dietéticos, gimnasios, gomas de mascar, bebidas gaseosas o energizantes, papitas fritas y platanitos, televisión casera, violencia a la carta, amor virtual ensimismado, sexo en libertad en el jardín del Edén des-regulado, glotonería  y confort,  sufre sin embargo en medio de todo esto de aguda desesperanza y vacío. Precisamente, porque este progreso material indiscutible de repente quedó desposeído del imaginario finalista según el cual habría de llevar a la humanidad a una salida de emancipación, plenitud y felicidad.  Por el contrario, ha quedado en evidencia que el progreso material que se expresa en la obra humana, de manera paradójica ha llevado también a la depredación, al crimen, a la drogadicción, al vacío psíquico y a la generación de toneladas de desperdicios tóxicos. Motivo por el cual  se convierte en amenaza para el futuro del planeta y de todas las especies vivas.

En el centro del lujo y la abundancia de las cosas, de las que nos rodeamos y en las cuales buscamos refugio, consuelo y compañía, hasta el punto de cosificarnos y delegar en ellas el valor de nuestras vidas, la enfermedad de nuestro tiempo es justamente la desesperanza, la ansiedad, la depresión, la sensación de vacío, la incertidumbre, la pérdida aguda del sentido de vivir y, si se quiere, el desamor en medio de la hiper-sexualidad liberal des-regulada. Los psicólogos y psicoanalistas tienen por tanto ahora muchísimo trabajo y muy legítimo. Aunque lo tienen también, de otra manera, los profetas de la autoayuda y los neo-misticismos, tipo Pablo Cohelo y otros de su banda consoladora, quienes procuran la sanación del contemporáneo sufrimiento humano en la búsqueda de “la verdad” del Yo dentro de sí mismo, en el fondo oscuro y profundo de uno mismo, donde por supuesto el Yo jamás está, ni estuvo ni podrá estar nunca, en cuanto el Yo no puede darse sino en la relación con la Otredad.

La industria de los ansiolíticos, antidepresivos y somníferos labora a toda máquina. Y muy pocos atribuyen esta pandemia psíquica, en buena parte a la derrota de las promesas modernas incumplidas de emancipación, plenitud y felicidad que fueron inherentes a la idea del progreso material, tanto como al severo recorte del horizonte futuro basado en las utopías, que se hundieron. Naufragio que se llevó también consigo todas las formas y variantes históricas del humanismo filosófico, en cuanto acto de fe y de confianza en la supuesta grandeza humana.

Estamos entonces en presencia de un sujeto líquido y evanescente en sus vínculos, según Zygmunt Bauman; sin gravedad ni peso, tal como lo define el psicoanalista  Melman en su inquietante diálogo con Lebrun; unario y no binario según Dany-Robert Dufour; ensimismado, narciso y en manos del vacío, de acuerdo con Lipovetsky; carente de arraigo en utopías en medio de la caída de los grandes relatos según Lyotard: y, para abreviar, volcado de bruces al tiempo presente y hedonista, prisionero del mundo digital según el coreano Chul Han, y con su cuerpo “trabajado” convertido en objeto de culto estético. De tal manera que, como dice Robert Redeker, el Yo del sujeto contemporáneo se ha venido a vivir a la imagen que proyecta su cuerpo ante los demás, pues en nuestro tiempo el cuerpo “trabajado” es el que dice quién soy yo y quién es quién.

Surge así el desesperado mundo de las “selfies”, producto de esos pobres seres humanos que se toman auto fotos para saber en cada instante que allí están; el aullido solitario del facebook, el amor virtual en solitario, los éxtasis unipersonales de un sujeto que se quita de encima la limitante y molesta presencia material del otro con quien todo en pareja debe transarse, negociarse en términos de aburridores pulsos de poder. Es decir, en términos de Adorno, vivimos una profunda mutilación de la “negatividad” que representa el Otro. Según Dufour, domina en nuestro tiempo un sujeto “unario”, cuya propia imagen se construye desde sí mismo y sin el Otro que la ajuste y contradiga.

Brota también el mundo de las celebridades sin ideas, porque donde incurran en el error de dejar ver sus preocupaciones y pensamientos complejos lo estropearán todo junto con su carrera;  y, para redondear, vivimos en un mundo en el que la intimidad es una mercancía suculenta convertida en espectáculo mediático rentable, según Paula Sibilia. Este es el mundo de la subjetividad hipermoderna contemporánea en el que los humanismos se tornan no sólo imposibles, sino aburridos, inútiles e inimaginables.

Nadie puede negar que la esclavitud maltrató a la mujer y al hombre trabajador. Lo hizo por igual la edad media. La modernidad occidental introdujo valores como la igualdad, la libertad, la autonomía, la dignidad y el respeto, pero aunque las cosas mejoraron un poco, aún el maltrato de género es noticia de cada día. Sin embargo, se oculta hasta tornarse invisible el peor de todos los maltratos. Asombra y duele que en la hipermodernidad contemporánea, la mujer lipo-succionada y siliconada, presa ella misma de la dictadura de su propio cuerpo y de los imaginarios mediáticos inducidos por el marketing de la carne competitiva viva feliz, con su anuencia y su complicidad, su destino de quirófano. Huyendo hombres y mujeres como locos de las huellas del tiempo, creyendo que son libres por fin de la vejez y que es supremamente lindo e importante el mundo de pasarela alrededor. Los hombres, por supuesto y como siempre, van de la lengua detrás de este estropicio. Y muchos piensan que todo va muy bien.

¿Representa lo anterior, la salida de plenitud y felicidad por fin lograda que el mundo moderno humanista prometió como resultado final del progreso material?

¿Fueron la economía en acumulación y crecimiento depredador, el conocimiento científico y la técnica, los medios capaces de conducir a la humanidad al horizonte prometido por la utopía moderna?

Es evidente que no ha sido así. Pero esto no quiere decir que deban satanizarse la economía, la ciencia y la técnica. Jamás. Lo que lo anterior quiere decir es que se derrumbó el soporte de legitimidad que amparaba el progreso material, en cuanto se esfumó la conexión entre este progreso material y su capacidad de llevar a la humanidad a una salida liberadora de todas las penurias.

Es justamente en esta desconexión donde ha ocurrido la crisis radical de la modernidad occidental y de su eje central capitalista, que en el proceso han quedado desnudos y huérfanos del menor soporte de legitimidad.

Lo más preocupante de todo esto, es que al final el capitalismo se pudo quitar de encima los límites que la búsqueda y respeto de aquella legitimidad con arreglo a valores se impuso a sí mismo en otro tiempo. El neoliberalismo podría pensarse entonces como el modelo económico que provino de la desaparición de los límites que al capitalismo clásico le impuso la búsqueda y respeto de su propia legitimidad. Y la cultura que de este derrumbe derivó se llama hipermoderna y no postmoderna, puesto que la matriz económica e institucional política y jurídica de la modernidad aún permanece y funciona mal que bien. Todo lo anterior barrió también, como es de concluir, los diferentes tipos de humanismo. Dicho de otro modo, la hipermodernidad es una modernidad desposeída de los soportes humanistas en los que en un tiempo se fundó su legitimidad.

El derrumbe del humanismo filosófico proviene también de la crisis y hundimiento de la idea del progreso moral  de la humanidad. Según esta idea, se supuso que por medio de la inteligencia ilustrada, el conocimiento, la educación en la tradición greco-latina y el saber científico, la humanidad habría de ser cada vez moralmente mejor y el bien triunfaría definitivamente sobre el mal. Hoy en día, podemos sonreír ante tanta inocencia. Dicho de otro modo, ante tanta basura que hasta hace poco funcionó en la cultura como axioma cultural  indiscutible. Tanto el capitalismo como el comunismo esperaron producir un hombre nuevo, amante de la paz, el bien y el ascenso moral. En vez de un minuto de silencio, podemos todos sonreír.

¿Quién puede hoy afirmar que la inteligencia ilustrada, la educación, las humanidades clásicas y el arte y la ciencia, garantizaron el advenir de un hombre nuevo, y que sobre los hombros de este hombre nuevo triunfaría en la historia el bien sobre el mal, la razón sobre la irracionalidad, la sensatez sobre la insensatez?

Si esto fue así, que hablen entonces los comandantes nazis educados que estuvieron al frente de los escalofriantes genocidios del Siglo XX. Que digan qué tanto los disfrutaron, que nos muestren las condecoraciones que por tales genocidios obtuvieron  y nos expliquen con cuánta fe, lealtad y rectitud obraron cuando quemaban niños, hombres y mujeres en los hornos ambientados por las notas de “El oro del Rhin”, de Richard Wagner. Que hablen quienes desde sus imaginarios culturales respetables en términos del relativismo cultural, cortaron los tendones a sus enemigos en Ruanda, cuando huían éstos despavoridos del horror y los incendios. Que hablen a nombre de la democracia  Galtieri, Videla y Pinochet, tan bien puestos, educados y creyentes. Que hablen aquellos que, educados en Marx y en la utopía socialista, sepultaron a los disidentes bajo la nieve de los Gulags o los fusilaron en la alborada de cualquier día a nombre de la humanidad mejor y más humana que vendría. Que hablen los carceleros de las Farc, educados en las cartillas y los asesinos de la extrema derecha paramilitar que fritaron en cacerolas muslos y sobrebarriga humanos. Que hablen los educados y creyentes jefes degolladores del Estado Islámico, los guillotinadores del período del terror durante la Revolución Francesa, a la que tanto debe la modernidad democrática e ilustrada occidental. Que se pongan los sombreros emplumados los sacerdotes sacrificadores Aztecas y Mayas, líderes de una de las culturas más importantes y hermosas de este mundo, así como el pueblo delirante de gozo ante sus jefes espirituales y ante la sangre a chorros por el graderío abajo. Que nos miren a los ojos los Sapiens,  armados de garrotes imponiendo su poder exterminador contra los Neardentales, matanza primordial de donde vinimos según Harari.

Que vengan todos y se atrevan a hablar ante nosotros del progreso moral ascendente de la humanidad. No seamos ingenuos. La denominada condición humana tiene en su agenda la pulsión de muerte y destructividad, encargada del eterno retorno del abismo antropológico. Está claro que la perturbada condición humana es desde el principio de los tiempos cuaternarios y hasta hoy, impredecible tierra de nadie.

Pero, no todo es desgracia, violencia y destrucción. No debemos preocuparnos. La humanidad ha inventado dispositivos inhibidores de las pulsiones, con verdadero éxito. Las prohibiciones tabú, la vigilancia de los espíritus vengadores, las creencias totémicas, los mandamientos de los dioses y los ofrecimientos celestiales, las leyes y las cárceles laicas del estado moderno, los sentimientos de piedad y solidaridad, los acuerdos y pactos internacionales sobre paz, sensatez y respeto entre las naciones. Pero, a modo de ejemplo, estos últimos serían letra muerta y un canto a la bandera, si no estuviesen respaldados por gigantescos depósitos y arsenales de armas letales, cada día más sofisticadas y perfectas en términos de capacidad de muerte y destrucción. Armas que se ensayan en micro-guerras inventadas y que dejan real muerte y destucción.

Mucho de lo anterior, interiorizado en el Super yo, actúa con evidente eficacia y nos ha puesto a salvo de la total barbarie. No estoy diciendo que nada se haya logrado en términos de la inhibición de las pulsiones. Lo que se ha conseguido es mucho y demasiado significativo. Pero, es hora de perder la inocencia. Porque de ninguna manera las pulsiones inhibidas desaparecen. A cada rato las potencias civilizadas gruñen y se muestran los colmillos.

Cuántos clamores no se han levantado en vano contra la violencia y el exterminio. Cuántas invocaciones a la sensatez e incluso a la racionalidad y el buen juicio. Cuántas plegarias a los dioses aún más sordos que los hombres. Cuántas advertencias científicas acerca del fin del planeta, morada de la humanidad y de la naturaleza viva amenazada. Estos clamores, oraciones y advertencias no están nada mal. Hablan bien del lado consciente, sensato y piadoso de los hombres. Pero en el inconsciente de los humanos bulle agazapado y lo hizo siempre a lo largo de la historia un otro lado aterrador y preocupante, que lleva por nombre pulsión de muerte y destructividad. No todo se debe a ella, por supuesto, pero es hora de saber que siempre ha estado y está ahí.

Lo sabemos. El planeta y la humanidad entera se encuentran amenazados debido a esta pulsión inconsciente de muerte y destructividad que se expresa a través de diferentes formas de poder y autoridad. Y que se encubre bajo elaboradas justificaciones. Sin embargo, el problema no es jamás el poder en sí mismo, pues el poder es antropológica y psicológicamente imprescindible al mundo humano. Pensar que el poder tiene la culpa de lo peor, es lo mismo que pensar que la culpa es del sofá.

La pulsión de muerte y destructividad se puede reprimir y sublimar, por supuesto. Se puede domesticar. Es imprescindible hacerlo y siempre se ha hecho. Cada que nace y un niño hay que volver a empezar. La pulsión se puede reglamentar, diferir y hasta desviar. Pero jamás se la puede eliminar y hacerla desaparecer de la especificidad humana. Podría ser ingenuo pedir que se pare en seco la devastación, no sólo la del planeta sino la de la humanidad entera, pues la devastación proviene en muy buena parte, aunque se mimetice en diversas y hasta floridas razones, de la pulsión de muerte y destructividad. La devastación no es sólo la del agua, la del aire respirable y los glaciares, sino también la del Estado Islámico, las barcazas sirias y africanas y los seres humanos y los niños que se hunden en el mar. La de nuestros hermanos africanos y sus rebaños, que mueren por parejo desde hace siglos de hambre y sed. Pero, también, por causa de las matanzas étnicas. La de las criaturas de nuestra Guajira y del Chocó, porque hace parte esencial de la devastación la indiferencia insensible, de quienes de manera inconsciente se gozan la muerte de los demás, como ocurre con quienes asisten a los velorios a beber café y a verificar que el cadáver que se descompone entre los velones no es el suyo.

Es desesperante quedarse en los clamores, en las oraciones y advertencias científicas en favor de la vida y la salvación del planeta, habida cuenta de que en contra de esta buena intención, necesaria y moralmente válida, obra de manera inconsciente y larvada la persistente pulsión de muerte y destructividad. Como obra también de modo abierto, asociada a la pulsión, la ambición de riqueza y poderío geo-político. Y lo más preocupante pero además hermoso, lo reitero, es que cada que nace un niño se hace necesario empezar de nuevo con el trabajo de traerlo a la humanidad de los valores y principios, prohibiciones y límites de las pulsiones, que jamás son innatos.

Debemos al viejo Freud estas luces. Por estas y otras razones el ser humano es un enfermo ambivalente que ora y mata, que clama a los dioses misericordia pero al mismo tiempo elabora imaginarios encaminados a legitimar la matanza, la depredación, el desalojo violento, el exterminio. Según Boris Cyrulnik, detrás de cada genocidio hay un imaginario legitimador. Y el sabio abuelo George Steiner, propone que la metáfora del infierno es mucho más fascinante que la metáfora del cielo. Y advierte además que las humanidades no humanizan.

Y esto es así, porque el cielo es imposible de volver realidad en esta tierra. No existe presupuesto suficiente para conseguirlo y para ir allí la condición es morir. En cambio de esto, la metáfora del infierno se ha convertido en realidad tantas veces en la historia de la especie humana, con la ayuda de un poco de utopía, de ciencia y técnica. Incluso con escaso presupuesto. En Ruanda fueron suficientes los machetes. Nuestros padres Sapiens sólo usaron garrotes dirigidos a la mollera de los Neardentales. Aquí en nuestro país bastaron en un tiempo las hachas, los cuchillos, la gasolina y los fósforos, y en lo alto un pendón con la imagen triunfal de Cristo Rey. No hablo de las Cruzadas de Ricardo Corazón de León, sino de nuestros ríos pensativos y nuestras cordilleras abrumadas.

La crisis de la modernidad, insisto, está en el derrumbe de la mítica que legitimó durante siglos la matriz económica del capitalismo y sus instituciones jurídico-políticas. Hoy, el capitalismo se sostiene en el aire vacío desprovisto de su propia utopía. Habitado por jóvenes digitales ensimismados, apenas indignados, reunidos en enjambres incapaces de crear un nosotros con intención de voltear las cosas, según Chul Han. La anterior subjetividad hipermoderna permite al “sistema” pervivir desprovisto de toda legitimidad. El “sistema” se comporta cínico, desnudo, arrogante. Muestra a todos su vientre abierto sin ocultar sus tripas, toda su mierda. Esto resulta extraño y vale la pena meditarlo con detenimiento algún día.

Puestas las cosas así, traslado ahora mi pensamiento al papel demoledor que en el derrumbe del humanismo filosófico han cumplido las ciencias que se ocupan de la extrema complejidad de la condición humana.

La antropología ofrece inmensas luces. La psicología y, sobre todo, la teoría del inconsciente. La lingüística, en cuanto el lenguaje es, él mismo, clave de acceso a la especificidad humana. La filosofía antropológica y la ontología, con las cuales mantengo una deuda diaria e impagable.  Y, finalmente, la etología humana, que casi borra la frontera entre la animalidad y la humanidad, sin eliminarla.

Este paquete de ciencias sobre lo humano demolió por completo los fundamentos del humanismo filosófico, porque hizo trizas la idea de hombre en la que este humanismo se basó.

Visto desde la ciencia, el ser humano dista mucho de ser lo que el humanismo filosófico predicó de él. Queda claro que el animal que somos es un perturbado peligroso en pugna ambivalente con la naturaleza. Lo repito: EN PUGNA PERMANENTE Y AMBIVALENTE CON LA NATURALEZA. Un animal que la evolución puso al margen de las leyes del instinto animal  y al quedar suelto y abierto al mundo se instaló en la fragmentación, con un pie en la animalidad y el otro en la cultura por él mismo configurada, que lo agobia y lo limita. Cultura que, sin embargo, más allá de agobiarlo y limitarlo, vino a constituirse en su nueva morada de refugio artificial, no natural.

Hagamos un breve recuento:

Según Claude-Levi Strauss, el ser humano ha quedado instalado en dos naturalezas. Una primera, animal; y una segunda, cultural.  Es de imaginar el mundo trágico que deriva de esta fragmentación, en cuanto el animal que no podemos dejar de ser y la cultura que atrapa a este animal, sostienen entre sí una relación tensa, contradictoria, en constante pugna. Pero, lo significativo es que la especificidad humana consiste justamente en esta escisión irresoluble, de tal manera que sin  ella no habría humanidad. Lo repito: no habría humanidad. La fragmentación no es por tanto un defecto, sino la humanidad misma. Nadie puede poner fin, en vida, a esta fragmentación trágica. Sólo la muerte la resuelve. Ya para qué.

Por su parte, Freud descubre que el psiquismo humano es una estructura fragmentada en tres instancias o “niveles”. De manera esquemática y abreviada, diría que a uno de estos niveles psíquicos lo denomina “Ello”, constituido en principio por las pulsiones y deseos. A otro denomina “Super yo”, hecho de normas reguladoras y límites morales de esas pulsiones y deseos. Y en tercer lugar el “Yo” consciente, situado de alguna forma en el centro de este conflicto. Las pulsiones y deseos humanos giran alrededor de la sexualidad de goce, liberada de su fin instintivo reproductivo; del alimento, convertido en culinaria, en ritualidad y glotonería, digo yo. Y, sobre todo y me interesa para lo que sigue, la pulsión agresiva, de destructividad y muerte. Eros, vida, y Tanatos, muerte. Ambas cosas al mismo tiempo en la misma cafetera.

Esta última pulsión es, precisamente, aquella que mediante sus realizaciones de guerra, destrucción y violencia, termina por derretir la idea de progreso moral ascendente y acumulativo de la humanidad, imponiendo por el contrario el principio del constante retorno a lo abismal que intuyeron los románticos. Y es la misma que borra con el codo lo que la humanidad, a través de las buenas intenciones y el mejor voluntarismo, prescribe para la humanidad un deber ser moral respecto de los demás y del planeta en riesgo. Deber ser que en la retórica consciente todos aceptan en principio, pero que en la realidad se suele desconocer a diario.

De tal manera que a pesar de estos clamores, llamados, advertencias y amenazas de castigo, la pulsión de muerte y destructividad, la más indómita entre todas, sigue su marcha encubierta en imaginarios políticos, religiosos, racistas, machistas, económicos, de pureza, de venganza reparadora, en fin. Y he aquí al señor Donald Trump y sus secuaces.

Entonces podemos comprender lo incomprensible, la persistente violencia física  y moral que persiste en campos y ciudades, el terrorismo “como espectáculo”, los desplazamientos multitudinarios derivados de conflictos de todo tipo, los miles de hombres, mujeres y niños que se hunden en el mar. He ahí, también, haciendo masa con  todo lo demás, el calentamiento global del planeta descompensado, con el cual el ser humano sostiene una pugna ambivalente, pues si lo llevamos a nuestras representaciones mentales como nuestro medio ambiente, de inmediato quedamos convertidos en animales; las mujeres y los hombres lipo-succionados; la televisión violenta, el cine y los video-juegos exaltatorios de la muerte virtual como espectáculo de goce de la muerte sin un solo muerto real que tengamos que llorar. He ahí también a la humanidad sentada en sillones mullidos, dedicada a elaborar a la hora del café o el té, al atardecer en el costurero, en el bar o en el salón de juego, fantasías de castigo en contra de enemigos y rivales, sin atreverse nadie sin embargo a tocarle un pelo a nadie, más allá de aquella fantasía o ensoñación de humano desahogo.

Boris Cyrulnik nos dice, por su parte, que el ser humano es 100% animal, y al mismo tiempo 100% cultura adquirida. Esta “fórmula” porcentual no deja de ser desconcertante. Pero con  ella el autor quiere decirnos que no hay nada en el ser humano que no sea animal, pero que absolutamente toda esa animalidad se encuentra atrapada en la cultura adquirida. Vemos de nuevo aquí al ser humano como un animal que rema al mismo tiempo en aguas contradictorias, en dos ríos de naturaleza diferente que se juntan, que al juntarse sacan chispas sin desaparecer y sin poderse jamás resolver, para dar origen al conflicto esencial en que el ser humano consiste y en el que su existencia se realiza. Ya que sin este conflicto esencial no habría humanidad.

En cuarto lugar, en su libro “Lo abierto: del animal al hombre”, Giorgio Agamben precisa las cosas de la siguiente manera: “el hombre es el animal que ya no es”. Ser y no ser, de nuevo, en clave shakesperiana. Si somos capaces de pensar, asimilar e inclinarnos pensativos ante esta definición desconcertante, estamos por fin en el camino que nos lleva a la especificidad humana desgarrada y enferma. Un animal que ya no es, no puede ser más que un pobre ser descarrilado, del que se puede esperar cualquier cosa enloquecida o cuerda, miserable o sublime. Pero, no por ser un animal o por ser un ser humano por separado. Sino, justamente, por ser y no ser al mismo tiempo ninguna de las dos cosas.

Leyendo esta obra de Agamben bajo la guía del profesor y amigo Anthony Sampson, a quien hago un especial reconocimiento intelectual, supe del seminario ofrecido por Martín Heidegger en la Universidad de Friburgo, por los años de 1929 y 1930. En aquel seminario, que tuvo por tema “el aburrimiento profundo”, Heidegger parte de las siguientes tres tesis: “la piedra es sin mundo; el animal es pobre de mundo; el hombre es configurador de mundo”. Me remito a este autor sabio y espléndido, porque este mundo básico que según Heidegger el humano configura, se hace posible precisamente en la medida en que este animal naciente y perturbado, conjuga el verbo ser y puede ir en adelante por el mundo asumiendo para sí: “esto es, esto es”, sin ninguna necesidad de hacerlo explícito. También en la medida en que este “inédito” animal rompe el “anillo” instintivo propio del animal pobre de mundo, entra en conflicto con las leyes naturales y queda así abierto a la totalidad del ser.  

Es sobrecogedor darse cuenta de que para su discurrir filosófico ontológico sobre la especificidad humana, Heidegger debe recurrir a un importante biólogo y etólogo de su tiempo, el señor Jacob Von Uexküll, a quien sigue de cerca, pero no en clave biológica sino en clave estrictamente filosófica. Desde este punto de vista, la ontología de Heidegger no vuela especulativamente por el aire, sino que discurre aterrizada a la base biológica y etológica que le ofrece el científico.

Para abreviar, debemos preguntarnos: Si los animales saben bien qué hacer, en cuanto realizan su vida atrapados en su medio ambiente y su conducta está anillada a las certeras leyes del instinto que la rigen ¿qué sucede con el ser humano, que ya no tiene en estricto sentido medio ambiente sino por el contrario un espacio físico exterior gobernado por su mundo normativo moral configurado por él mismo, de tal manera que su conducta ya no es justamente una conducta, como ocurre en el reino animal instintivo, en cuanto se ha convertido ahora en comportamiento susceptible de ser juzgado, vigilado y eventualmente castigado por culpable?

Acabo de decir que el animal humano no tiene en estricto sentido medio ambiente, como todos los otros animales. Lo que el ser humano tiene alrededor es absolutamente otra cosa: un espacio para el ejercicio de su voluntad de poderío, de la loca afirmación de su Yo contra el mundo y el desahogo de su agresividad depredadora. Este punto, definitivo para la reflexión sobre la suerte del planeta, será objeto de otro día. Pero explica por el momento, a modo de hipótesis, lo difícil o imposible que resulta “parar en seco” la destrucción y desequilibrio del planeta.

¿Qué sucede a este nuevo animal que da comienzo a la culpa en este mundo, al arrepentimiento, al sufrimiento y al dolor moral, al castigo, a la venganza y al terror, fugitivo de la naturaleza que ahora ya no opera en estricto sentido como su medio ambiente, de la que poco a poco sus propios imaginarios lo distancian, vergonzante de su animalidad pero sin poder escapar de serlo ni, mucho menos, de pertenecer a la naturaleza obvia?

En este orden de ideas, si el ser humano escapa del rigor de la naturaleza ¿hacia dónde se dirige? ¿Qué lo atrapa de nuevo, que lo anilla y lo sujeta otra vez para en su errar por el mundo y por la historia no enloquecer más de lo debido?

Juzgo que no es suficiente para sujetarlo el mundo de primer grado que configura y que, en términos heideggerianos, se define textualmente como “la manifestabilidad de todo lo ente en cuanto tal, en su conjunto”. No parece que este primer mundo básico, que resulta de predicar el hombre por doquier “a la griega” el ser de las cosas, sea suficiente para anillarlo y sujetarlo de nuevo a algo diferente de la naturaleza instintiva. Urge entonces la configuración de un mundo de segundo orden, una nueva morada constituida por las nuevas sujeciones no naturales como el lenguaje, las representaciones sustitutas de lo real y lo simbólico; por los imaginarios normativos totémicos y tabúes, los relatos, los mitos de origen y de orden de las cosas sueltas y errantes de este mundo, los dioses y las religiones con sus preceptos morales. Y más tarde las leyes y las instituciones laicas. De no ser por la configuración de este mundo de segundo orden, que pasa a ser la nueva morada humana cultural artificial donde nos refugiamos a vivir, de ninguna manera natural e instintiva, el animal humano des-sujetado y des-anillado de la naturaleza enloquecería absolutamente, mucho más de lo que ya ha demostrado estar.

Luego de este breve recorrido, queda claro que la especificidad humana a la que llegamos, es absolutamente otra cosa en comparación con la que el humanismo filosófico moderno occidental predicó. Incluso en términos de la radical neotenia, el ser humano terminaría siendo un error evolutivo. Tal vez no sea así. Pero, si lo es, qué hermoso, lúcido, desgarrado, contradictorio, peligroso y loco error. La paradoja es que gracias a la ciencia humana, ahora sabemos de donde hemos venido. África, morada al Sur de las múltiples, profundas y decisivas mutaciones. Sabemos ciertamente, en consecuencia de dónde provenimos, pero no tenemos ni remota idea de dónde hemos venido a parar.

Termino, tocando de prisa y casi sin querer, ese otro profundo desgarramiento de la especie humana, fundador del orden primordial y básico de la humanidad como escisión. Me refiero al conflicto edípico y al tabú del  incesto, mediante el cual el padre-autoridad funda al hijo en el límite y lo introduce desgarradoramente en el mundo de lo simbólico. Y lo hago, con el fin de reforzar por otro camino el derrumbe de la idea que del ser humano elaboró el humanismo filosófico. Para lo cual recurro a un pensamiento desconcertante del ya citado Giorgio Agamben, que me he permito un poco retocar. Dice así y así termino:

“La mujer rescata y pone a salvo al hombre de la sombra de la madre. Lo hace suyo y lo hunde en las tinieblas de su carne, para luego redimirlo en el amor”.



Vientoazul, febrero 26 de 2017

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